PONERLE PUERTAS AL CAMPO

Tengo varios amigos, chicos y chicas, que se han separado en los últimos años. Todos tienen hijos y eso lo hace todo aún más complicado. Evidentemente, no hay uno solo motivo por el que hayan decidido poner fin a la relación pero en todos los casos se da la coincidencia de que una de las razones esgrimidas tiene que ver con la familia política, más concretamente con los padres de la pareja. Y esto enlaza con el tipo de sociedad que hemos construido en el que la familia es un pilar fundamental, como lo era por otra parte en épocas anteriores, solo que ahora el concepto de familia pretendemos que abarque varias generaciones. Antes, los padres entendían que cuando sus hijos se casaban (era la práctica habitual) lo hacían para formar otra familia, y ellos pasaban a un segundo plano. Yo recuerdo que veía a mis abuelos cuando mis padres decidían ir al pueblo, pero iban porque querían ir, no porque tuvieran que ver a sus padres. Ahora, los abuelos “necesitan” ver a los nietos por lo menos una o dos veces por semana. Tienes que ir a comer a su casa el sábado o el domingo. En vacaciones, hay que reservar unos días para pasarlos con ellos… Si les dejas, te planifican la vida y te roban el tiempo.

Una amiga mía dice que a los hijos hay que ponerles límites cuando son pequeños y que los hijos tienen que marcarles normas a los padres cuando son mayores. Y es verdad. Tal y como está (mal) organizada la vida, necesitamos a los abuelos, ya sea para cuidar a los nietos, para abrir la puerta al del gas mientras tu trabajas o, en los casos más dramáticos, para ayudarnos económicamente. Sabedores de su poder, pueden llegar a convertirse en pequeños tiranos.

La llegada de un nieto puede ser para ellos la excusa perfecta para poner un campamento base en tu casa. A uno de mis amigos separados sus suegros no le dejaban prácticamente coger al bebé; en el caso de otra, estaban puestos en las cuentas de su hijo mientras que ella desconocía por completo las finanzas de su pareja; a otro, su suegro le prohibió regañar al nieto… Al final, tienes la sensación de que no te has casado con una persona sino con toda su familia y de que pintas muy poco en tu propia casa y en tu vida.

Hay quien dice que los hijos, sobre todo cuando son muy pequeños, separan a las parejas. Yo creo que lo que las distancia son sus respectivas familias. En mi caso, cuando estamos los dos con el bebé lo pasamos genial. El problema viene cuando hay que ir a comer a casa de los abuelos todos los domingos por una norma no escrita o cuando la cuñada/o dice que quiere ver al bebé y se presenta en casa sin avisar o cuando la familia política te bloquea fin de semana sí fin de semana no con la excusa de celebrar un cumpleaños, un santo, un aniversario, una festividad… Es decir, cuando dejas de hacer lo que tú quieres para hacer lo que quieren los demás. Lógicamente, lo que crea tensiones no son las visitas puntuales sino cuando se convierten en algo recurrente y habitual. Y, por supuesto, tampoco ayuda aplicar el criterio salomónico, es decir, que si un día hemos ido a casa de tus padres al día siguiente hay que ir a casa de los míos. Es de un infantilismo supremo. Al final, sientes que no tienes control sobre tu vida.

Evidentemente, no todos los abuelos son así. Casi siempre tiene que ver con personas muy controladoras, que están acostumbradas a mandar en su casa. Cuando no hay nadie en su casa a quien decir lo que hay que hacer, intentan ir a organizar la tuya. Si no sabes pararlos a tiempo, las consecuencias pueden ser catastróficas.

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QUERER NO ES PODER

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Estoy un poco en shock. Acabo de ver una campaña a favor de la maternidad subrogada. En ella, mujeres de a pie manifiestan abiertamente que estarían dispuestas a gestar libremente y de forma gratuita un bebé para otra persona, sus hermanas, amigas o alguien desconocido. Una de ellas comentaba que en un mundo tan egoísta e individualizado como este, le parecía una acción de generosidad sin límites.

Empezaré diciendo que estoy en contra de esta práctica. Además de los inconvenientes morales que le veo (no entiendo cómo el resto no se da cuenta) al asunto, me parece que es una mercantilización total de los bebés y de la mujer. Cuando he visto a esas personas manifestar abiertamente esta opinión lo primero que se me ha ocurrido es decirles: “pues hazlo”. Me refiero a que va un abismo de decir que lo harías a hacerlo. ¿De verdad esas personas serían capaces de pasar por un embarazado y, una vez nacido, desprenderse de su bebé? Porque, aunque el material genético no fuera suyo, incluso aunque no aportaran ellas el óvulo, para mi ese bebé es suyo. Nos quejamos de la falta de principios y moral en todos los órdenes. Que estamos en una sociedad sin valores. Y el valor más importante, que es el amor incondicional, lo estamos regalando. Queremos que no signifique nada, lo estamos banalizando.

El otro día viví una situación un tanto complicada en un restaurante. Salimos a comer con el peque y se puso imposible. No había manera de que estuviera tranquilo, tampoco quería dormirse… vamos, que no pudimos comer. No ayuda el que yo me ponga especialmente nerviosa cuando veo que el niño está incómodo y no soy capaz de hacer que se sienta bien. Me tomé un respiro y fui al baño a desahogarme un poco. Allí apareció una señora que estaba en otra mesa y que me había estado observando. Con buena intención intentó aconsejarme. Me dijo que no dejara que el niño nos separara a mi pareja y a mi, que teníamos que mirar por nosotros dos, que los niños luego se van y que las madres les prestamos mucha atención y descuidamos a la pareja, que les hacemos mucho daño y no nos damos cuenta.

Entendedme cuando os digo que agradezco el interés de esta señora, sé que lo hizo con la mejor de las intenciones. Por eso no le dije nada. Pero me quedé pensando. El caso es que, pase lo que pase, nosotras tenemos que sentirnos culpables. También porque los padres se vean desplazados. Este tipo de observaciones siempre vienen de personas que ya tienen sus hijos mayores y, por tanto, saben lo que es eso del nido vacío. Sé que existe, sé que ocurrirá. Pero también me asusta adonde estamos llegando. El amor de una madre es, por definición, incondicional. Eso es lo que hace que sea tan insustituible: lo que ha permitido que cientos de madres hayan sacado adelante a sus hijos haciendo malabares y magia, que sean capaces de hacer mil cosas sin quejarse, que consigan con su tenacidad que sus hijos hagan cosas que los médicos les decían que eran imposibles… No entiendo que una madre diga que va a querer con menos intensidad y dedicación a su hijo porque luego él se va a marchar de casa y hará su vida. Como una madre ve a su hijo a través de sus ojos, nadie más lo ve. Es lo que le hace perseverar y ayudarle a lograr sus metas. Saber que tu madre va a estar ahí para consolarte, apoyarte, animarte… pase lo que pase te hace ser mejor.

Ahora que nos preocupa tanto que los niños sepan idiomas, practiquen deportes, aprendan robótica, sean artistas… tal vez lo importante sea simplemente demostrarles amor incondicional. Pero si tu madre, la que te ha llevado en el vientre y te ha dado la vida, se desprende de ti nada más nacer y sin ningún resquemor, entonces todo está perdido.

A mi, que estuve a punto de no poder ser madre, nunca se me pasó por la cabeza optar por la maternidad subrogada. No se me ocurriría hacer pasar a una mujer por el trago de tener que desprenderse del bebé que ha dado a luz. Me parece inhumano, inmoral. No querría lograr mi felicidad a partir de la desgracia de otra. Porque esa mujer tiene que sentirlo y, si no lo siente, desde luego no querría que le diera la vida a mi hijo. Así que no, no apoyo la maternidad subrogada. No creo que haga más libre a una mujer.

El otro día leí una entrevista a Sandra Sabatés y sobre este tema decía que “el deseo de ser padres no es un derecho, es una voluntad”. Me tomo la libertad de hacer uso de sus palabras que suscribo totalmente. De nuevo, no se puede tener todo, aunque nosotros nos creamos con derecho a conseguir cualquier cosa al precio que sea. En eso consiste también la vida, en que hay metas que no podemos alcanzar y tenemos que aprender a vivir con ello. Nos quejamos de que los niños no tienen tolerancia a la frustración, que en cuanto se les dice que no, no lo saben aceptar pero luego nuestro yo adulto no encaja que hay algo que se escapa a nuestro control. Es muy triste, sé de lo que hablo, pero hay personas que no podrán tener hijos.

 

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¿QUIÉN TIENE EL PODER?

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Hay algo que me resulta fascinante: las personas que son capaces de no reflejar ninguna emoción. Yo, por el contrario, soy de esas a las que se les notan las cosas. Si algo no me gusta, si me siento incómoda… es fácil darse cuenta. No hace falta llegar al extremo de quien confunde la sinceridad con la mala educación. No se trata de ir por ahí abriendo la boca y diciendo constantemente lo que se pasa por tu cabeza. Pero cuando algo verdaderamente me molesta y me hace sentir mal, mi cuerpo y mi rostro van por libre. He intentado sin fortuna poner cara de poker. De verdad que me gustaría ser como un ninja que no refleja nada, imposible de leer. Pero mis facciones no responden. No sé exactamente qué es: un ligero arqueo de cejas, un sutil fruncimiento del ceño, los labios que se aprietan un poco, la mandíbula que rechina levemente, la mirada esquiva, las manos que no saben dónde o cómo colocarse… seguramente sea una combinación de todo. Hay un par de cosas que me sacan de mis casillas (no las contaré por el momento para no levantar la liebre) pero por encima de todo lo que no soporto es la gente que sigue haciendo de forma deliberada algo que sabe que te molesta. Y, mucho más aún, me irritan sobremanera esas personas que hacen algo que saben que te molesta y, aunque se dan cuenta de que te molesta y se te nota, hacen como si no pasara nada. Es como si fueran a ver una obra de teatro de un artista que no les gusta, le abuchearan y a pesar de ello quisieran hacerse una foto con él. Algo muy raro.

Luego yo me quedo con cara de boba, intento analizar la situación y me maravilla la capacidad de esas personas para mantener una sonrisa aunque tu cara les está diciendo que no te gustan, que no las quieres ver, que te dejen en paz. Pero ellos siguen, una y otra vez. En este punto empiezo a pensar que disfrutan viéndome pasarlo mal. Pero luego son las mismas personas que te reenvían frases reconfortantes por whatsapp, en plan Mr. Wonderful, diciendo que la vida puede ser maravillosa, que cada día es una buena ocasión para ser mejor, que le mandes este mensaje a las personas que quieres y que esperan que se lo devuelvas…

Hace tiempo leí en alguna parte que a este tipo de personas “tóxicas” no hay que darles poder. Pero, ¿cómo hacerlo? No soy una persona impulsiva pero empiezo a creer cada vez más que sí tengo un punto obsesivo en el sentido de que cuando algo se me mete en la cabeza empiezo a darle vueltas y vueltas, entro en bucle y no soy capaz de ver la salida. Me siento como atrapada en una encrucijada y nunca sé muy bien hacia donde debería tirar. Como no sé hacerlo mejor opto por la indiferencia, intento mantenerme al máximo al margen de aquellas personas que me hacen daño. Por ejemplo, si estoy en un chat del que, por educación, no puedo marcharme, obvio los mensajes, no leo nada… para evitar que me afecte lo que dicen. Y cuando coincido con ellos en persona me limito a centrar mi atención en otra cosa con el objetivo incluso de no escuchar lo que dicen. A veces lo consigo y otras no. Pero es lo único que se me ocurre para no darles poder. Aunque probablemente esta sea una forma indirecta de dárselo porque sé que inevitablemente se me nota, tienen que darse cuenta de que estoy intentando hacerles el vacío de forma deliberada. Y, aunque lo saben, siguen comportándose del mismo modo. Y así entro en un círculo vicioso del que no sé cómo conseguiré salir.

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NO, PORQUE NO

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Ya había oído esa frase aunque nadie me la había dicho antes. La conocía muy bien, la había pensado muchas veces. “Creo que he estado tanto tiempo diciendo que no, que no sé cuando empecé a decirlo por inercia y no porque lo pensara”. Ahora que soy madre reflexiono mucho (me resulta inevitable) sobre cómo educamos a los hijos, y no solo en el entorno familiar. La sociedad de alguna forma también nos “enseña”, nos dice lo que está bien o mal, las actitudes que son aplaudidas y las que son reprobadas. En un mundo tan globalizado es increíble entender que lejos de conseguir diversidad con esto lo que hemos logrado es asemejarnos más unos a otros, entrar en un patrón idéntico y no salirnos de él. Es difícil andar fuera del camino marcado pero si sabes hacerlo puedes encumbrarte como un icono, un modelo a seguir. Son las personas públicas las que tienen más capacidad de hacerlo. Sus acciones tienen miles de seguidores y son capaces de crear modelos de conducta. Hace tiempo que algun@s artistas internacionales empezaron a asistir a eventos con sus hijos disfrazados de princesas o con caracterizaciones que tradicionalmente se reservaban para niñas. Para entendernos: si eso lo hacías tú en el cole llamaban rarito a tu hijo. Pero ahora eres una madre progresista. Me parece bien que cada niñ@ pueda disfrazarse como quiera y de lo que le guste. Pero como en este mundo somos de extremos tendemos a demonizar la posición contraria. Es decir, que si los próximos carnavales tú disfrazas a tu hijo de militar y a tu hija de bailarina corres el riesgo de que te tachen de anticuado o retrógrado.

Hace unas semanas asistí a unas jornadas en el colegio del peque. Hacen actividades de grupo para que los padres se conozcan, interactúen y de alguna manera se involucren en la educación de sus hijos. La primera práctica consistía en asignar unos objetos a un niño o una niña. Desde el momento en el que explicaron la dinámica, sabía por dónde iba la trampa: que las zapatillas de ballet y las muñecas iban a ser de los niños, y que la pistola y los coches iban a ser de las niñas. Esta actividad, que habían preparado algunas madres con objetos pertenecientes a sus hij@s, tenía como objeto concienciar a los padres sobre la educación en igualdad de sexos. Entiendo que un niño puede practicar ballet pero no porque yo se lo asigne a una niña soy más conservadora. Lo que quiero decir es que igual que antes se nos “obligaba” a jugar con muñecas a las niñas y con coches a los niños ahora podemos caer en lo contrario. Me parece igual de mal. En cualquier caso, no se les deja jugar con libertad. Creo que lo mejor siempre ha sido tratarlo todo con más naturalidad: en casa de una amiga el hijo pequeño jugaba con los disfraces de princesa y las muñecas de la hermana mayor; no por nada, sino porque era lo que había allí. Los niños al final lo que quieren es jugar. Yo misma le compro juguetes a mi bebé a los que muchas veces no hace ni caso. Le gusta más coger las cucharas, los tarros de la cocina, mis cepillos o las cremas del baño que otra cosa. Y sencillamente creo que es porque son cosas que ve que usan los mayores, incluso muchas veces lo que quiere es aquello que tenemos los mayores y que no le dejamos. ¿La atracción de lo prohibido? Puede ser.

Desde mi punto de vista, empoderar a las niñas no pasa porque tengan que elegir deportes o profesiones de riesgo o fuerza. No por ello van a ser ellas más fuertes. Empoderar a las mujeres pasa por darles confianza y autoestima para intentar alcanzar sus metas. Y esto tiene mucho que ver con lo que se nos ha dicho desde siempre a todas. Cuando yo era pequeña escuchaba sin parar que podía conseguir lo que quisiera, que si me lo proponía, podría lograrlo. Y así lo he creído siempre. Lo que he hecho siempre es esforzarme al máximo, trabajar y trabajar para alcanzar lo que quería. Pero lo cierto es que esto es mentira: en la vida no podemos tener todo lo queremos, aunque nos lo propongamos, aunque lo deseemos con todas nuestras fuerzas y trabajemos para lograrlo. A mi me pasó cuando intenté ser madre. De pronto, no había forma humana de conseguirlo. Lo intenté todo y me di cuenta de que eso se escapaba a mis posibilidades. Por suerte, recurrí a la ciencia y con ayuda conseguí tener a mi bebé. Pero durante el tiempo que estuve en tratamiento fui por primera vez consciente de que yo no lo podía hacer todo… y resulta frustrante cuando siempre has pensado lo contrario.

De alguna forma, aunque no lo parezca, todo esto tiene mucho que ver con el pensamiento del principio. Me costó quedarme embarazada porque durante mucho tiempo dije que no. No es que pretenda echar balones fuera y recurrir a la vía fácil que es culpar a los demás, al mundo, a la sociedad… pero de alguna forma sí es así. Cuando éramos pequeñas, nuestras propias madres nos empujaban a retrasar la maternidad. “Tú lo que tienes que hacer es estudiar y buscarte un buen trabajo”. Otra frase muy recurrente en el entorno era: “Tú ahora viaja y sal que cuando llegan los niños no puedes hacer nada”. Todas estas frases hechas y compartidas por todo el mundo van calando dentro y hondo. En serio. Ahora mismo no entiendo cómo me creí todas estas mentiras. En el entorno laboral la cosa no mejora. En cuanto te ven en edad de casarte o en cuanto te casas ya empiezan a comentar que te vas a quedar embarazada y que te despidas de hacer cosas interesantes o de progresar profesionalmente… No sé, de alguna forma me sentía observada y me propuse demostrar a todos que no iba a ser así. Que, aunque me había casado, no iba a tener un hijo en breve. Que era una chica de hoy, que lo que quería era salir y viajar. No me malinterpretéis, claro que quería salir y viajar y me lo he pasado muy bien. No soy de arrepentirme, las cosas vienen como vienen y si hubiera sido madre antes probablemente no habría vivido las cosas extraordinarias y momentos felices que he pasado. Pero me da mucha rabia porque en mi fuero interno sé que hubo un momento en el que empecé a decir “hijos, todavía no” no porque lo pensara así sino porque llevaba mucho tiempo diciéndolo y no sabía parar. Luego quise parar pero seguí diciéndolo porque el bebé no llegaba y era muy duro decir que no podía quedarme embarazada. El otro día una amiga me dijo esta misma frase: “Creo que he estado tanto tiempo diciendo que no, que no sé cuando empecé a decirlo por inercia y no porque lo pensara”. Y no pude evitar verme reflejada en ella.

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LO QUE HAY QUE HACER

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El otro día me escribió una amiga para que fuéramos al cine. Hasta ahí, todo normal, ¿no? Sí. Si no fuera porque tengo un bebé de pocos meses y le dije que, aunque me apetecía, aún no estaba preparada para separarme de él. Con su buena intención me aconsejó que probara a dejarle, que iba a ser bueno tanto para mi como para él, que tarde o temprano tendría que hacerlo, que no siempre podría estar a mi lado… Lo sé. Sé que probablemente tenga razón. Pero le dije que lo dejáramos para otra ocasión más adelante. La verdad, no es solo porque crea que él todavía me necesita, que también. Principalmente es porque no me apetece separarme de él. Y es que no quiero perderme nada de lo que le pase o, al menos, perderme lo mínimo imprescindible en estos primeros meses. ¿Soy una loca tarada?¿Una madre obsesiva por eso? En la sociedad en la que vivimos una mujer tiene que tener una vida social interesante: hay que quedar por lo menos un par de veces al mes a comer o cenar con amigas; dejar a la criatura con su padre otras tantas mientras acudes a eventos o vas de viaje; salir a solas con tu pareja una vez por semana… Esto es, convertirse en una suerte de Carrie Bradshaw pero con hijos (el personaje de la serie no los tiene). Es lo progre, lo moderno. Si no lo haces eres una rara, una aburrida. La gente te dice que no te puedes obsesionar con el niño, que luego ellos siguen su vida y te dejan tirada, poco más o menos. La verdad es que todo esto me aburre y me parece una patraña. A duras penas me las apaño para cuidar de mi bebé e ir a trabajar en condiciones. Cuando tengo un rato libre lo que me apetece es estar con él disfrutando de un paseo, jugando un rato o haciendo algo tan simple como ir a comprar. Todo me parece apasionante. Quizá sea porque ya he salido mucho. No me malinterpretéis. No es que no me guste ponerme guapa y salir a cenar a algún sitio chulo, tomarme una copa de vino y charlar sin tener que levantarme de la mesa mil veces para atender al peque. Pero tampoco me supone ningún trauma no hacerlo por un tiempo. Es decir, esto no es para siempre. Mi bebé va a crecer y cada vez será más autónomo y necesitará menos de mi. Lo que no ocurrirá siempre es ver cómo gatea por primera vez, ni cómo echa su primera carcajada. Aunque la maternidad es sin duda lo más duro y difícil que he hecho y haré en mi vida, no lo cambio por nada. Es algo un poco contradictorio, lo sé, pero es así. He estado tanto tiempo deseando un bebé y envidiando a quien lo tenía que ahora no quiero compartir al mío. No quiero ser una supermujer que es la mejor madre, tiene éxito en su trabajo, está siempre guapa e impecable, sale y entra cuando quiere… Solo intento sobrevivir y disfrutar de este momento al máximo y, sobre todo, hacer lo que me pide el corazón.

 

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MÁS DIFÍCIL TODAVÍA

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No soy muy de redes sociales. Corrijo. Tengo redes sociales pero no las uso activamente (es decir, no subo contenido de mi vida privada) aunque me parecen muy útiles para estar al día de lo que ocurre y seguir a personas interesantes. Es como una ventanita al mundo. Me apasiona la moda, siempre me ha gustado aunque no suelo decirlo porque a mi entender gran parte de su significado se ha desvirtuado. El postureo que existe actualmente en este mundillo me parece denostable. Y lo peor es que, seguramente gracias a las redes sociales, estas actitudes han calado tan hondo en nuestro día a día que la gente se ha creído que puede ser una influencer solo por ponerse los estilismos más inverosímiles del mundo y así crear tendencia.
Me pasó el otro día en una tienda de Zara. Mientras esperaba en la cola no pude evitar fijarme en una mujer que se había puesto todo lo que había encontrado para no pasar desapercibida. No sé si será seguidora de Leandra M. Cohen pero alguien debería decirle que el don para mezclar estampados y prendas no está al alcance de cualquiera. Y así, de la forma más absurda, caí en la cuenta del daño que los blogs e Instagram han hecho. Yo misma sigo a muchas de estas instagramers, aunque algunas me resultan aburridas y soy capaz de ver cómo incurren todas en las mismas poses, actitudes y estilismos. Algunas incluso no me caen especialmente bien pero las sigo porque me parece fascinante ver hasta donde serán capaces de llegar. Es decir, lo que empezó como algo sencillo y divertido (posar sin artificios con un look favorecedor y compartirlo) se ha convertido en un “más difícil todavía”. Cuando empecé a seguir a muchas de ellas me parecían chicas con estilo que podían darte ideas interesante sobre cómo combinar prendas o llevar estilismos que de otra manera no habrías sabido cómo ponerte. Casi todas tenían una frescura que resultaba la mar de atractiva. Empezaron haciéndose fotos con su propio móvil pero la exigencia les llevó a recurrir a fotógrafos profesionales y a escenografías cada vez más cuidadas. Llegaron los viajes: fotografiarse en lugares exóticos y lejanos siempre es un plus, aparte de que te permite dar un toque especial a tus estilismos.
Pero todo tiene un límite. Si sigues habitualmente a varias instagramers te habrás dado cuenta de que ya han viajado varias veces al mismo sitio y es habitual que pregunten en sus stories a sus seguidores qué les gustaría ver o saber de ellas. Resumiendo: que ya no saben qué contar. Generar contenido a este nivel debe ser agotador. El caso más evidente me parece el de Chiara Ferragni. Esta chica me despierta a la vez simpatía y rechazo. El caso es que me cae bastante bien. Pero después de viajar por todo el mundo, acudir a mil desfiles y llenar su cuenta con el embarazo, el bebé, la boda e incluso hacer un tour enseñando su casa… se le acaban las ideas. He hecho este ejercicio: me he puesto en su situación y me he preguntado a mi misma “¿y ahora qué? ¿Qué más puede contar o enseñar esta chica?”. Sinceramente, debe resultar agobiante pensar qué puedes hacer para que tus seguidores no se aburran y sigan queriendo seguirte. Aunque seguramente no pase nada porque esto de instagram tiene algo adictivo y aunque no veas nada nuevo te gusta observar a la gente en su vida diaria. Si lo analizáramos detenidamente nos daríamos cuenta de lo loco que resulta esto y preferiríamos dedicarnos a vivir la nuestra.

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Seria, ¿yo?

Soy consumidora habitual de series. Miento. Lo era. Antes, cuando tenía tiempo. El otro día se me vino a la cabeza una de mis favoritas: The affair. Una serie que tiene como trama central el desliz que le da nombre pero que no solo resulta novedosa en la forma de contarlo sino que sorprende con un desarrollo de los personajes que va mucho más allá de la tensa situación que generan unos cuernos. El caso es que el protagonista masculino es escritor. Bueno, en realidad es un escritor frustrado que ejerce de profesor. Ha escrito una novela con poco éxito. Pero a raíz del affair empieza a escribir un libro basado en esa experiencia, se entiende que con las necesarias licencias narrativas para que sea más atractivo al lector. Y resulta ser un best-seller. Cuando intenta escribir una segunda novela, quiere alejarse de lo comercial y centrarse en escribir un libro “serio”. Pero no le sale. En un momento dado, mientras lo comenta con su editor, este le dice que tal vez él no sea un escritor serio y que quizá deba escribir una continuación de la primera novela.

Yo he escrito desde muy joven. Y, en mi fuero interno, siempre albergué la ilusión de poder dedicarme a esto, escribir novelas y vivir de mis textos. Sin embargo, cuando me ponía a pensar en un argumento, en unos personajes, en una historia… me quedaba bloqueada. Las veces que empecé a escribir algo me pareció mediocre. Sin embargo, hace un tiempo volví a releer los textos que escribí de adolescente: eran breves narraciones sobre cómo me sentía, sobre lo que me pasaba (publicaré alguna en este blog). Ahora entiendo que de alguna manera hacía terapia a partir de la escritura.

La idea de escribir un blog me rondaba desde hace mucho tiempo. Incluso varias personas de mi entorno me animaban a hacerlo. “Tienes que hacer un blog. Tú escribes muy bien”. Evidentemente, se trata de personas que me quieren y probablemente sus sentimientos influyan en la visión positiva que tengan de mi escritura. Una vez que me decidí a hacerlo, a abrir el blog, me acordé de la escena del editor con el protagonista de la serie y me di cuenta que esto solo podría funcionar si había algo de verdad en los textos, si las reflexiones tenían una base real, si nacían de convicciones profundas. Igual que el personaje de The Affair debo enfrentarme a esta realidad y asumirla. Y lo hago desde la más absoluta humildad y afrontando el reto de que tengo que ser auténtica.

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